El nombre en el vaso
Solo es un nombre en un vaso de papel. La persona con la que has quedado te ve la cara cuando lo lees.
La cafetería es ruidosa como lo son las buenas cafeterías, con el vaporizador de la leche gritando por encima de todo el mundo. La persona con la que has quedado se ofrece a pedir mientras tú buscas mesa, y dejas que lo haga, lo cual ya es en sí un pequeño acto de confianza.
Miras hacia la barra. Se inclina para deletrear algo. Desde el otro lado le dicen que sí con la cabeza.
Cuando llegan los vasos, en el tuyo pone tu nombre en rotulador negro y grueso. Tu nombre, el que elegiste, escrito como lo escribes tú, con esa letra que casi todo el mundo pone mal. Lo miras un poco más de lo que nadie mira un vaso.
Tu cita se sienta y hace como que no lo ha visto. Luego deja de fingir. «En mi cafetería de siempre, el camarero me escribió mal el nombre durante dos años», dice. «Nunca se lo corregí. El día que un chico nuevo escribió mi nombre de verdad, le hice una foto al vaso.»
Te ríes, y se te aguan los ojos más de lo que pretendías. Le cuentas que en casa todavía guardas un vaso, aplastado en un cajón, de la primera vez. Te responde que tiene uno igual.
El resto de la cita va de otras cosas: una película de la que resulta que os salisteis a la mitad, un piso compartido donde alguien etiqueta la mantequilla, la mejor ruta para salir de la ciudad en bici. Pero en los dos primeros minutos algo se asentó en esa mesa, y lo sabéis.
Cuando os vais, te llevas el vaso. No es para guardarlo, te dices. Es que todavía no te lo has terminado. Cuando llegas a casa, sigue en tu mochila.