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Un domingo cualquiera

A los ocho meses, lo llamativo es lo poco llamativo que se ha vuelto todo.


El domingo empieza tarde. Tu pareja ya se ha levantado y está leyendo en el sofá con los pies en tu sitio, cosa que hace a propósito para que tengas que levantárselos si quieres sentarte.

Tu madre llama a las once, como siempre. Ahora ya acierta con tu nombre casi siempre, y cuando no, se corrige antes de que tengas que hacerlo tú. La pones en altavoz. Pregunta por tu pareja usando el pronombre correcto a la primera, y desde el sofá tu pareja te levanta el pulgar como un árbitro de fútbol.

Después de la llamada te tumbas un rato en el suelo, como haces siempre después de hablar con la familia, incluso cuando va bien. Tu pareja no te pregunta qué te pasa, porque no te pasa nada. Se tumba a tu lado, y os quedáis mirando la grieta del techo que el casero no para de prometer que arreglará.

Te dice: «¿Te acuerdas del primer mes, cuando creías que tenías que explicarlo todo, hasta el último detalle?»

Claro que te acuerdas. Tenías un discurso preparado para la primera noche que se quedara a dormir. Sobre tu cuerpo, sobre tu nombre de antes, sobre lo que no había que decir. Nunca llegaste a soltarlo. Tu pareja también tenía uno preparado, y tres semanas después os reísteis de ello entre cajas de comida para llevar y tirasteis los dos discursos a la basura.

La tarde es la compra, un paseo largo y una discusión sobre si una película cuenta como comedia. Por la noche os sentáis a la mesa de la cocina a hacer el papeleo aburrido de dos vidas: un formulario, una renovación, un correo al casero.

Nada de este día daría para una historia. Eso es lo que le dirías a cualquiera que te preguntara cómo es eso del t4t, si alguien lo preguntara. No siempre es más fácil. Simplemente es, muy a menudo, tranquilo.

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