El primer mensaje
Abres la app preparándote para la pregunta de siempre. No llega.
Abres la app en el autobús, con el pulgar ya encima del botón de borrar, porque eso es lo que te enseñaron las tres últimas apps. Un mensaje nuevo. Lees la vista previa con ese cansancio tan particular de quien ya sabe cómo acaba la frase.
No acaba así.
«¿La librería que sale en tu tercera foto es la de la esquina de Mill Street? Llevo tiempo intentando averiguar si sigue abierta.»
Miras tu propia foto como si la hubiera hecho otra persona. Ni te acordabas de que la librería salía en el encuadre. Elegiste esa foto porque ese día el pelo había decidido portarse bien, y porque la luz te daba aire de alguien que va de camino a alguna parte.
Escribes «sí» y lo borras, porque un sí es una puerta que no tienes claro querer abrir. Luego vuelves a escribirlo, y añades que entre semana cierra a las seis y que el gato de la librería duerme en la estantería de poesía y no hay quien lo mueva de ahí.
La respuesta llega antes de tu parada. Le hace gracia lo del gato. Te cuenta que busca un libro que su hermana le leía hace años, y que no se acuerda del título, solo de que tenía un faro en la portada y de que le hizo llorar en un tren.
En algún momento, a la altura del segundo puente, te das cuenta de que no has ensayado ni una sola respuesta. Nadie te ha preguntado cómo te llamabas antes. Nadie te ha dicho que eres valiente, ni te ha preguntado si eres «de verdad». La conversación va de un faro, un gato y una hora de cierre.
Es algo tan pequeño que casi ni lo notas. Precisamente de eso se trata. Te bajas del autobús y vuelves a casa dando un rodeo, por delante de la librería, que sigue abierta.