Tres paradas antes
La cita va mal, y te acuerdas de que tienes derecho a irte.
Antes de entrar le mandaste a tu amiga el nombre del bar, como haces siempre ahora. «Aquí. Te escribo antes de las nueve.» Te contestó con un pulgar hacia arriba y un fantasmita, que en el código que compartís significa: si hace falta, voy y atormento a este tipo como un alma en pena.
Los diez primeros minutos van bien. Llega puntual. Es más alto de lo que dan a entender sus fotos y anda más corto de preguntas de lo que prometían sus mensajes. Luego se inclina hacia ti y baja la voz, como si fuera a decirte algo amable, y te pregunta si ya te lo has «hecho todo».
Notas cómo se pone en marcha el cálculo de siempre. Tomártelo a risa. Cambiar de tema. Darle otra oportunidad, porque ha pagado las copas, porque irte sería montar un numerito, porque a lo mejor no lo ha dicho con esa intención.
Y entonces, por una vez, no haces el cálculo. Terminas la frase que estabas diciendo sobre tu trabajo, porque era una buena frase. Dejas el vaso en la mesa. Dices: «Me voy a ir yendo. No creo que encajemos.» Sin pedir perdón. Sin dar razones.
Él suelta algo de que solo estaba siendo sincero, de que solo era curiosidad. Tú ya estás de pie. Ya llevas el abrigo puesto. La puerta está justo ahí, donde siempre ha estado.
En la calle el aire es frío y corriente. Le escribes a tu amiga: «Me voy. Me ha preguntado por la cirugía.» El fantasmita vuelve al instante, seguido de «¿Dónde estás? Pongo el agua para el té.»
Te bajas del tranvía tres paradas antes porque su casa queda más cerca que la tuya, y porque da gusto caminar hacia alguien que está de tu parte. La cita ha durado veintidós minutos. Es, piensas, lo mejor que has hecho en toda la semana.
Si esta escena te resulta familiar
- ¿Cómo me voy de una cita que va mal?
- Un match no para de hacerme preguntas invasivas. ¿Qué digo?
- ¿Cómo me cuido en una primera cita?