A mitad de camino
No hay nadie cerca de ti. Hay alguien a dos horas, y una estación en medio.
La app te dijo la verdad, cosa que agradeciste y te fastidió a partes iguales. A menos de veinte kilómetros: nadie nuevo. A menos de cien: cuatro personas. Una de ellas te escribió por la foto de tu perro, y tres semanas después estás en un andén a las 9:40 de un sábado.
La estación la elegisteis a medias sobre un mapa: un pueblo en el que no habíais estado nunca, justo a mitad de camino. Tiene un café en la antigua sala de espera, una panadería y un río que en las fotos prometía.
En el tren no ensayas nada. Llevas tres semanas de mensajes largos y dos videollamadas, una de las cuales se alargó pasada la medianoche porque su gato cruzó por encima del teclado y te mandó una ristra de jotas. Conoces su risa. Sabes que odia el cilantro. Sabes que también tiene nervios, porque te lo ha dicho.
Las costumbres de pueblo te acompañan igualmente. No pusiste tu pueblo en el perfil. Usaste fotos que no están en tus cuentas públicas. Le has dicho a tu hermana adónde vas, y tu hermana te ha pedido que le mandes el nombre del café, y luego te ha enviado tres corazones.
Cuando se abren las puertas ya está ahí, con dos cafés, uno con leche de avena porque lo mencionaste una vez la segunda semana. Es exactamente igual que en las videollamadas y completamente diferente, como pasa siempre con la gente.
Paseáis junto al río, que cumple lo que prometían las fotos. Habláis de lo raro que es vivir en un sitio donde eres la única persona así, y de lo mucho menos raro que resulta cuando esa única persona sois dos.
A las cuatro subís a trenes que van en direcciones opuestas. Antes de que arranque el tuyo, llega un mensaje: «¿Misma estación dentro de dos semanas? Esta vez las fotos de perros las traigo yo.»